Antes de diseñar para la mirada del espectador, el arquitecto tiene que educar la suya. Toda la atencion que ponemos en como mirara el habitante depende de una destreza previa y mas callada: la de saber mirar nosotros. Mirar un sitio, una ciudad, un edificio ajeno, una construccion sin arquitecto. En MÉTODO pensamos que esta disciplina de la mirada es la mas importante del oficio y, a la vez, la que menos se enseña, porque parece que mirar es algo que ya sabemos hacer.
Mirar no es ver
Solemos confundir ver con mirar. Ver es pasivo, ocurre con solo tener los ojos abiertos; mirar es activo, dirigido, paciente. El arquitecto que solo ve pasa por una calle y registra una fachada; el que mira advierte como la sombra del alero cae a esa hora, como la gente usa el escalon de la entrada para sentarse, como la luz rebota en cierto muro. La diferencia es enorme: ver acumula imagenes, mirar acumula entendimiento.
Esta destreza se entrena. Implica volver al mismo lugar a distintas horas, fijarse en lo que la prisa ignora, hacerse preguntas sobre lo que se tiene delante. Por que esta casa se siente acogedora y aquella no. Por que la gente se reune en esta esquina y no en la otra. Mirar asi es lento y deliberado, lo contrario de la mirada distraida con que habitamos. Es un trabajo, y como todo trabajo, mejora con la practica.
Viajar para aprender a mirar
Pocas cosas educan la mirada como viajar, si se viaja bien. No el turismo que colecciona monumentos y fotos, sino el andar sin prisa por una ciudad ajena, dejandose perder, observando como otra cultura resolvio el habitar. El arquitecto debe aprender a perder el tiempo en una ciudad: sentarse en una plaza a ver como funciona, recorrer un barrio a distintas horas, entrar a un patio y entender por que esta fresco.
El valor del viaje no esta en las obras famosas que se visitan, sino en la mirada nueva que provoca. Lejos de lo habitual, uno vuelve a ver lo que en casa ya no nota. Las soluciones que otra cultura da al clima, a la luz, a la vida en comun, iluminan por contraste las propias. La distancia, decia bien la experiencia de cualquier viajero atento, cambia la forma de mirar; y un arquitecto que ha aprendido a mirar lejos mira mejor de regreso.
La leccion de lo vernaculo
Entre todo lo que el arquitecto puede mirar, hay una escuela especialmente generosa: la arquitectura sin arquitecto, la vernacula. Las construcciones que el saber popular fue afinando durante generaciones, sin firma ni teoria, resolviendo con inteligencia silenciosa el clima, los materiales del lugar, la forma de vivir. El patio que refresca, el alero que da sombra, el muro grueso que aisla, la orientacion que aprovecha el sol: lecciones depuradas por el tiempo.
Mirar lo vernaculo con humildad cura al arquitecto de la arrogancia de creer que todo se inventa. Muchas de las mejores soluciones ya existen, probadas durante siglos, esperando una mirada que sepa leerlas. No se trata de copiar formas, sino de entender principios: por que algo funciona, que problema resuelve, que se puede aprender de ello. La materia del lugar, decimos a veces, ya sabe hablar el idioma del sitio; hay que aprender a escucharla, y eso empieza por mirar.
La fotografia como herramienta de la mirada
La fotografia, que en otros contextos puede engañar, es para el arquitecto una buena herramienta de la mirada, si se usa para mirar y no solo para coleccionar. Fotografiar obliga a detenerse, a elegir, a preguntarse que es lo importante de lo que se tiene delante. El acto de encuadrar es un acto de atencion. Una fotografia tomada para entender, no para presumir, fija un descubrimiento y permite volver a el.
El cuaderno, el dibujo a mano, sirven igual o mejor. Dibujar lo que se mira es la forma mas profunda de mirarlo: la mano obliga al ojo a detenerse en cada relacion, en cada proporcion, en cada junta. En la era del render, la linea hecha a mano sigue siendo una forma de pensar, y antes que eso, una forma de mirar de verdad. Lo que se dibuja se entiende; lo que solo se fotografia, muchas veces se olvida.
La mirada como fundamento
Al final, todo lo que un arquitecto sabe sobre como mirara el espectador empieza en su propia capacidad de mirar. No se puede diseñar la experiencia de quien habitara un espacio sin haber aprendido a observar como habita la gente, como se comporta la luz, como resuelve el lugar sus problemas. La mirada del arquitecto es la fuente de todo lo demas: el sitio se lee mirando, el cliente se entiende mirando, la solucion se encuentra mirando.
Por eso insistimos en que la arquitectura empieza antes del primer trazo, en la observacion. Un proyecto vale lo que valio la mirada que lo precedio. El arquitecto que aprende a mirar, con paciencia, con humildad, sin prisa, acumula el unico capital que de verdad importa: el entendimiento de como funciona el mundo que va a transformar. Y solo desde esa mirada educada puede, despues, ponerse al servicio de la mirada del otro, que es a quien, en ultima instancia, sirve todo el oficio.