Casi toda la arquitectura que conocemos no la hemos visitado: la hemos visto en fotografias. Las obras celebres, las que forman nuestro gusto y nuestras referencias, viven en nuestra cabeza como imagenes, no como experiencias. Esto, que parece obvio, tiene una consecuencia profunda y poco discutida: estamos juzgando una disciplina del espacio, del cuerpo y del tiempo a traves de un medio que es plano, instantaneo y silencioso. La fotografia es una mediacion poderosa y, al mismo tiempo, una traicion sutil. En MÉTODO vale la pena pensar en que ganamos y que perdemos cuando un espacio se vuelve imagen.
La imagen que conocemos mejor que el lugar
Hay edificios famosisimos que la mayoria solo conoce por una o dos fotografias canonicas, tomadas desde el mismo angulo, repetidas hasta el cansancio. Esa imagen sustituye al edificio real en nuestra memoria. Cuando por fin se visita la obra, suele producirse una pequeña decepcion, o al menos una sorpresa: no era como en la foto. A veces es mas pequeña, a veces mas grande, casi siempre distinta. La fotografia nos habia entregado una version, y la confundimos con la cosa.
Esto no es un defecto de tal o cual fotografo, sino de la naturaleza del medio. La fotografia elige un punto de vista, un instante, una luz, y descarta todo lo demas. Es, por definicion, una seleccion. Lo que llega a nosotros no es el espacio, sino la decision de alguien sobre como mostrarlo. Conocemos la arquitectura, en buena medida, a traves del ojo de quien la fotografio, y rara vez somos conscientes de cuanto de nuestra idea de un edificio es, en realidad, autoria del fotografo.
Lo que la imagen no puede contener
La arquitectura es una experiencia multisensorial y temporal; la fotografia es visual e instantanea. Entre ambas hay un abismo. La foto no transmite la escala real, esa relacion del cuerpo con el espacio que solo se siente al estar dentro. No transmite el sonido: la reverberacion de una sala, el silencio de un patio, el eco de los pasos. No transmite la temperatura, ni el olor de los materiales, ni el aire que se mueve. No transmite, sobre todo, el tiempo: el recorrido, la secuencia, como un espacio se revela al caminarlo.
Todo eso, que es donde vive la arquitectura, queda fuera del encuadre. La fotografia captura lo que se ve y pierde lo que se vive. Y como lo que se ve es lo unico que viaja, terminamos privilegiando, sin darnos cuenta, las cualidades fotografiables del espacio sobre las habitables. El peligro es proyectar para la camara y no para el cuerpo: buscar el angulo impactante en vez de la experiencia diaria, el efecto en vez del bienestar. Es un peligro real, porque la recompensa de la imagen es inmediata y la del habitar, lenta.
La obra en la epoca de su reproduccion
Walter Benjamin observo que la reproduccion tecnica cambia nuestra relacion con la obra: la acerca, la multiplica, pero le quita esa presencia unica del original, su aura. La arquitectura vive este fenomeno de manera extrema. Reproducida en infinitas imagenes, se vuelve familiar y accesible para todos; pero esa familiaridad es con la imagen, no con el lugar. Creemos conocer obras en las que nunca hemos puesto un pie, y esa ilusion de conocimiento es, en si misma, un fenomeno digno de pensarse.
Hoy el fenomeno se ha intensificado. Las imagenes de arquitectura circulan por millones, optimizadas para captar la atencion en una pantalla pequeña, en un instante de distraccion. La presion por producir el espacio fotogenico, el que funciona en ese formato, es enorme. Y un espacio puede ser perfecto para la pantalla y mediocre para vivir, porque las cualidades que conquistan una imagen no son las que sostienen una vida. La obra reproducida triunfa; la obra habitada es otra cosa, y a veces la perdemos de vista.
La fotografia bien entendida
Nada de esto significa que la fotografia sea enemiga de la arquitectura. Bien entendida, es una herramienta valiosisima: documenta, divulga, educa la mirada, permite estudiar obras inaccesibles. Hay fotografos de arquitectura cuyo trabajo es, en si mismo, una forma de interpretacion lucida, que revela cualidades del espacio que al visitante distraido se le escapan. La fotografia puede enseñar a ver. El problema no es la fotografia, sino confundirla con la experiencia que representa.
La actitud correcta es usar la imagen sabiendo lo que es: una mediacion, una version, una puerta de entrada y no el destino. Estudiar fotografias con conciencia de lo que omiten. Recordar siempre que detras de la imagen hay un espacio que habria que caminar, escuchar, habitar para conocer de verdad. La fotografia es el mapa; la arquitectura, el territorio. Util el mapa, pero nunca hay que confundirlo con el suelo que se pisa.
Proyectar para el cuerpo
En MÉTODO somos conscientes de esta tension. Vivimos en una epoca que premia la imagen, y nuestro trabajo tambien se comunica a traves de imagenes. Pero no proyectamos para la camara: proyectamos para el cuerpo que habitara el espacio, dia tras dia, en todas las horas y todas las luces que ninguna foto recoge. Lo sensorial, el sonido, la escala, el recorrido, son el verdadero material de la arquitectura, aunque no quepan en un encuadre.
Si una obra nuestra resulta, ademas, fotogenica, lo celebramos; pero como consecuencia, no como objetivo. La meta es que el espacio se viva bien, que el cuerpo este a gusto en el, que el tiempo lo enriquezca. Esa calidad rara vez cabe en una imagen. Hay que ir a buscarla donde de verdad existe: en el espacio mismo, recorrido por un cuerpo, a lo largo del tiempo.